LA VENERABLE HERMANDAD DE JESÚS DE NAZARETH

 

José G. Rodríguez Escudero

 

Esta venerable hermandad fue establecida con autorización pontificia en el antiguo cenobio dominico de San Miguel de las Victorias, actual iglesia de Santo Domingo en Santa Cruz de La Palma. El alcalde  y cronista oficial de la ciudad, Juan B. Lorenzo Rodríguez, en sus célebres Noticias para la historia de La Palma informaba que “tuvo principio en 1667, año en que varios vecinos se presentaron ante el juez eclesiástico pidiendo su creación, e hicieron varias contribuciones”. El día 3 de enero de 1667 se organizó la hermandad “la cual obtuvo la aprobación de su santidad Clemente X, por su bula en Roma á veinte y ocho de mayo de mil seiscientos sesenta, al concederle varias gracias y sufragios universales”. También Fernández García comunicaba que esta hermandad tenía la clara finalidad de colaborar en los cultos al Nazareno para su mayor esplendor. Efectivamente, varios vecinos se presentaron ante Melchor Brier y Monteverde, visitador general de La Palma y juez de cuatro causas, para presentar unas constituciones que fueron admitidas y enviadas al obispo para su aprobación.

Entrado el siglo XIX, el gobernador eclesiástico de la diócesis hace saber a la hermandad en reunión mantenida el 6 de enero de 1860 que se cedía el local que servía de sacristía para custodiar las alhajas del Nazareno. De manera paralela, la hermandad había solicitado a S. M. la Reina doña Isabel II que “se dignase prestar su real aprobación á los estatutos formados para el régimen y gobierno de la misma”. Se había cursado dicha solicitud a palacio a través del Ministerio de Gracia y Justicia el 15 de agosto de 1863. El real despacho, y en él, la aceptación de la soberana, fue conocido el 27 de julio de 1864 y recibido con gran entusiasmo por todos los hermanos. La hermandad presentó la aprobación real al gobernador del obispado y éste, en un decreto de 7 de febrero de 1865, “acató y mandó que se guardase y cumpliese fiel y exactamente todo cuanto en él se dignó mandar S.M.”.

Fue en diciembre de 1863, cuando las nuevas imágenes del Nazareno, la Dolorosa y San Juan, pasaron al magnífico retablo barroco de la capilla mayor, sustituyendo la de los santos Pío I y V que se encontraban allí entronizados. La adquisición de estas nuevas efigies “pensándose poseerlas de mejor calidad que las existentes” se debió a la iniciativa de la hermandad para lo que se vendieron unos atributos de oro pertenecientes al Señor. Las antiguas tallas se habían venerado en su altar situado bajo el coro de la iglesia. Desde 1775 a la anterior imagen se le hacía una celebración especial cada 21 de octubre (fiesta de la octava de la Exaltación de la Cruz), ordenada por el vicario, como desagravio que se hizo a la misma por el acto cometido por una demente al lanzar ésta un vaso de inmundicias ante el trono cuando la procesión pasaba ante su casa. En el lugar de la profanación se erigiría años más tarde la ermita del Señor del Caída, actualmente desaparecida.

El rector de la parroquia de El Salvador y arcipreste de La Palma, don José Ana Jiménez, en calidad de presidente de la Venerable Hermandad de Jesús de Nazareth, se presentó ante el notario público del colegio de la provincia de Canarias el 14 de marzo de 1865. El párroco –que tan sólo contaba con 37 años– visitó a don Antonio López Monteverde, junto con los testigos don Pedro de Alcántara Acosta, don Miguel Salazar Umarán y don Justo de Castro y Rodríguez. La intención del sacerdote era la de que la real cédula quedase perpetuada mediante su registro en el despacho del mencionado fedatario. Allí se leyó íntegramente la disposición de la reina, donde se recogían los estatutos de la hermandad.

En las constituciones quedaban claros los propósitos fundamentales de la misma. Por un lado, se incluían las aptitudes típicas y genéricas de un buen cofrade (infundir el espíritu de penitencia entre los hermanos, promover y fomentar el culto de las advocaciones y escenas de la pasión de Cristo y de la Virgen María, procurar la mejor formación cristiana de los miembros y su perseverancia en la práctica, etc) ; y por otro, las concretas y específicas: el sostenimiento de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y  el ejercicio de las obras de caridad entre los hermanos y al prójimo.

La cantidad de los miembros integrantes también se precisaba: setenta y dos. En cuanto a las hermanas, “indefinible y lo mismo el de niños meritorios”. Es curioso cómo de entre estos jóvenes se elegían hasta doce para el servicio de la hermandad. Una vez cumplidos los dieciséis años en caso de que quisieran optar a ser hermanos, serían admitidos aunque se hallase completo el número designado. Por lo tanto, para pertenecer a ella, siguiendo sus estatutos, se debía de tener dieciséis años, gozar buena conducta moral y política, ser conocido por su opinión religiosa. A su entrada en la congregación, cada miembro –tanto masculino como femenino– , debía de contribuir “con cuatro y media libras de cera y cuatro reales vellón, como así mismo por limosna, los primeros con ocho reales vellón, y los otros con cuatro reales vellón, por el día de la Exaltación de la Santa Cruz, anualmente”.

Uno de los símbolos característicos de la hermandad era la hopa de seda violada, usada desde sus orígenes, aunque también quedaba reservado para los miembros de órdenes sagradas el uso de sus hábitos correspondientes, así como el escapulario para las hermanas. El maestro Hernández Rodríguez hizo referencia a esta prenda cuando escribió que “el distintivo del cofrade, compuesto de una hopa morada y un cordón o cíngulo amarillo, le dan un aspecto característico de auténtica penitencia y le reviste del mismo tono de la bendita imagen a quien acompañan”. El estandarte que acompaña a la procesión del Nazareno es asimismo de terciopelo violeta con rico bordado de oro, siendo adquirido por la hermandad con el importe de la venta de una bandeja y una caja de plata y con otros donativos recibidos. Fernández García nos informa de que “el acuerdo fue tomado en noviembre de 1870”.

Era obligación de todos los hermanos y hermanas –con la mayor ostentación que permitiesen los fondos– hacer anualmente la función de la Exaltación de la Santa Cruz con vísperas, tercia, misa y sermón, procesión general por la tarde, así como sus correspondientes novenas. También, en la octava, hacer tercia, misa, procesión alrededor de la plaza y sermón por la noche; el día siguiente, un solemne aniversario con túmulo en sufragio de los hermanos difuntos. Otra obligación de la hermandad era la de “asistir y costear los nombres al Señor, todos los miércoles de cuaresma y el último con sermón”. En corporación, debía de asistir el Miércoles Santo a la solemne función y procesión del Nazareno o a cualquier otra que se le haga. También se debía de acudir a las estaciones el Jueves Santo; o acompañar al sagrado viático, cuando se administrase a algún miembro o a sus funerales hasta el cementerio. También acudían al entierro de las esposas de los hermanos que fallecieren antes que ellos. Los difuntos titulares eran depositados en la capilla donde se veneraba al Nazareno y los gastos eran sufragados por los fondos de la hermandad. Éstos amparaban la vigilia del funeral, la misa y el acompañamiento del beneficio con dos capellanes hasta el cementerio. Los mismos hermanos eran quienes porteaban el féretro.

La junta directiva estaba compuesta por el párroco de El Salvador (el presidente, que velará por la observancia estricta de las constituciones y la conservación del buen orden en las reuniones y será encargado de abrirlas y cerrarlas, conceder la palabra, etc.) y, elegidos por los cofrades: un hermano mayor (suplente del presidente, quién también hará cumplir los acuerdos de la hermandad, la convocará cuando falten fondos o así lo soliciten un mínimo de cinco hermanos, cuando se trate de recibir a uno nuevo, etc.), un tesorero (recaudador de limosnas y encargado de custodiar las alhajas y fondos, de anotar los gastos y de formar las cuentas anuales a principios de diciembre de cada año, etc.), dos vocales y un secretario (el de menor de edad quien comunicará los acuerdos, extenderá en los libros las actas –firmadas también por el presidente–, conservará los documentos, etc.). Estos cargos duraban un año.

Era curioso el método de votación entre los hermanos. Estos se proveían de unas bolas blancas y negras para expresar aprobación o reprobación, respectivamente. El secretario recogía los votos en un bolso blanco  y las sobrantes en otro azul. Luego se hacía el escrutinio ante el presidente y si así era exigido por algún miembro, éste tendría derecho a examinar las bolas. Para poder ingresar en la hermandad, los interesados o interesadas debían de presentar al secretario las solicitudes y luego los hermanos discutían si reunían o no las cualidades y aptitudes necesarias para su admisión. Ésta era aprobada en caso de tener las tres cuartas partes de los votos. Entonces, la junta directiva lo convocaba y le imponía las obligaciones a contraer y cobraba la retribución que era recogida por el tesorero.

También se recogen en sus constituciones otros aspectos, como la colocación de los miembros en procesiones, etc. (los dignatarios en primer lugar: presidente, luego la junta directiva y detrás los hermanos eclesiásticos por orden de edad); cómo la baja en la misma debería de ser formulada al presidente por escrito y éste a la hermandad, para ser anotado por el secretario en la lista respectiva; cómo a juicio del hermano mayor, los asuntos urgentes que no permitan consultar a la junta, éste decidirá qué hacer, aunque luego dé cuenta ante la Confraternidad y responda como responsable de su decisión; etc.

Lorenzo Rodríguez nos informa de cómo fue decayendo las obligaciones de la hermandad. Así, llegaron a limitarse a “algunos jubileos en las fiestas de la Cruz y de la Corona, concedidos por la silla apostólica y por patrono al capitán don Gaspar Olivares Maldonado y sus herederos”. Nos decía también que estos últimos estaban obligados a costear la procesión del Miércoles Santo y también una memoria de una misa a perpetuidad –“cantada de pasión”– todos los viernes del año ante la venerada imagen del Nazareno. Añadía que era de las últimas hermandades que había subsistido hasta entonces, a pesar de las vicisitudes de los tiempos.

Las cofradías de la capital palmera llegaron a constituirse –no tanto en sus objetivos explícitos como implícitos– “como mecanismos de reproducción ideológica del sistema sociocultural de la ciudad y de sus representaciones colectivas”. Fueron pocas las que subsistieron a través de los tiempos. La cofradía que nos ocupa, sin embargo, se vería beneficiada porque recibiría donaciones de particulares. Hernández Rodríguez nos informaba acerca de “cuyos piadosos cultos han subsistido hasta la fecha, gracias a la generosidad de los descendientes de aquel prócer fundador, vinculados actualmente en las nobles y religiosas familias de Sotomayor Castillo-Olivares y de don Juan B. Fierro.”. El articulista continuaba su relato en la prensa local diciendo “nos sentimos deudores a la sociedad que nos lo proporcionó y que tenemos la obligación de transmitirlos, como ricos tesoros de nuestra popular tradición, a las generaciones que nos suceden, mejorándolos, si ello fuese necesario, pues, así como ningún árbol vive sin raíces, ningún pueblo vive sin tradición”.

El docente Hernández Rodríguez nos informaba también de que esta cofradía había subsistido hasta “los primeros años de este siglo, a juzgar por las referencias que recuerdo de un familiar que tuvo el honor de pertenecer a ella, no ha perdurado y ello es una pena que podría remediarse, reorganizándola bajo el mismo patrocinio de este perfectísimo paso procesional”. Hubo un intento de refundación de la Cofradía del Nazareno a finales de la década de los 70 (aproximadamente hacia 1977 o 1978) por parte de un grupo de gente muy animoso que quiso recuperar la antigua confraternidad del Nazareno. Entre los mismos se encontraban Gabriel Duque Acosta, Manuel Hernández Piñero o Antonio Pérez. Contaban con el beneplácito del párroco Manuel González Méndez. Se reunieron un par de veces pero la  idea no llegó a fraguar. Afortunadamente, tres décadas más tarde, la Cofradía del Santo Encuentro, titular de los pasos del Miércoles Santo –entre los que se encuentra el Nazareno de Estévez–  ha hecho realidad esta loable y general aspiración. Y en la actualidad se encuentra embarcada en la recuperación de la antigua denominación de Venerable Hermandad de Jesús de Nazareth. Cuenta para este propósito con el beneplácito del vicario de La Palma y el párroco de El Salvador. Esperamos por la conservación de una de nuestras ricas tradiciones piadosas que lo puedan lograr.

Programa de Semana Santa 2008, Santa Cruz de La Palma.

 

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, La Laguna-Santa Cruz de La Palma, t. I y II, 1975-1997.

Constituciones de la Venerable Hermandad de Jesús de Nazareth, establecida en la iglesia del extinguido convento dominico de San Miguel de las Victorias, aprobadas por S. M. en su Real Cédula de 27 de junio de 1864. Imprenta de El Time, Santa Cruz de La Palma, 1865.

HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Antonio. «Nuestros “pasos” procesionales y sus antiguas cofradías: Jesús Nazareno», Diario de Avisos (Santa Cruz de La Palma, miércoles 25 de marzo de 1959).

FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma: Miércoles Santo», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (2 de abril de 1963).

BARRETO VARGAS, Carmen Marina. «Las Cofradías en Santa Cruz de La Palma. Una forma de relación social», I Encuentro Geografía, Historia y Arte, Área de Difusión Cultural.